El sueño más dulce
Un cuento para dormir para niños. Hoy, nada especial: solo un día lindo y tranquilo, el tipo de día que no deja ningún disgusto atrás. Un cielo azul, un vientecito suave. Emma come su cereal muy despacito, hace un dibujo bien redondo, le da un gran abrazo a Mamá y pasea a Mochi por el jardín, mirando las flores largo rato. Ni un solo llanto, ni una sola caída, ni una sola pupita, en todo el día. Un día tranquilo también cansa, de un cansancio lindo: flores miradas, dibujos terminados, mimos dados y recibidos. Por la noche, el baño, el pijama, la cucharadita, la mismísima última, y el beso-faro de Mamá. Emma se duerme enseguida, muy liviana, bajo el edredón-pradera más suave de todos. Y el mundo de la noche se enciende, pero esta vez todo va todavía más despacio que de costumbre, como a cámara lenta. Mochi hace el saludo del estante muy despacito: Pantin ya casi dormido, un boing muy pequeño de Pelota, una Nina que casi susurra. Luego busca qué guardar esta noche, busca otra vez, y no encuentra nada. Ni un solo disgusto, ni un solo miedito. «Entonces esta noche no guardamos», dice Nina. «Esta noche, saboreamos». Mochi abre su corazón y propone contar los mimos, como se cuentan las ovejitas. Este cuento relajante para dormir es una nana pura, el final de temporada de la colección. No hay ninguna tensión: solo una desaceleración muy lenta, de la voz, de los boings y del poc-poc, hasta el silencio completo. Tu hijo descubre que la caja de los mimos no sirve solo para consolar: también sirve para saborear. Una manera muy dulce de dormirse feliz, sin que haga falta ningún disgusto que resolver. Contar ovejitas, en el mundo de la noche, es contar ovillos dorados. Uno, el mimo de un disgusto bien consolado. Dos, el mimo que huele a lavanda. Tres, el de las estrellas en la oscuridad. Cuatro, el de un ruidito que se hizo amigo. Y así hasta diez: el mimo que se quedó calentito todo un día, el de después de correr mucho, el de un pasito de niña grande, el ovillo muy viejo de Papá cuando era niño, el de la noche en que Emma tuvo calor, y el de esta misma mañana. Y sin que nadie le pida nada a nadie, todos se acuestan. Pantin no empieza ninguna historia de sus tiempos, solo suelta un pequeño suspiro de madera. Pelota hace un último boing y se posa. Nina dice buenas noches a todos, digna hasta el final. Esta manera de dormirse sin lucha, simplemente porque uno está bien, es todo el espíritu de los cuentos para dormir de Tilibou. Poc-poc, poc-poc, poc... hasta el sueño más dulce. Un cuento del peluche sin pantallas, pensado para niños desde los 2 años, ideal para escuchar bien calentitos a la hora de dormir, en el coche o antes de la siesta. Como siempre en Tilibou, el final se queda muy suave, sin música, para deslizarse hacia el sueño sin despertar a nadie.



